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de iniciar un tratamiento, hay que realizar un diagnóstico
completo y exacto de las dislipemias, es decir, determinar
si se trata de una dislipemia primaria o secundaria
a otras enfermedades o tratamientos.
El primer escalón terapéutico
en la hipercolesterolemia es la dieta y el ejercicio.
Así, la dieta ideal es la mediterránea
que tiene un mayor aporte de ácidos
grasos mono y poliinsaturados,
de efectos beneficiosos para nuestro organismo. Es
pobre en ácidos
grasos saturados y colesterol.
La peculiaridad fundamental del aceite de oliva es
que tiene, como ácido graso principal, ácido
oleico, perteneciente a la familia de los monoinsaturados,
y suponiendo un 70-80% de su composición grasa.
En menor cantidad también tiene ácido
palmítico (10-15%), el principal ácido
graso saturado, linoleico (10-15%), que pertenece
a los ácidos poliinsaturados, y en mucha menor
concentración, ácido linolénico,
un poliinsaturado presente en una concentración
en torno al 1%. No obstante, a pesar de su escasez,
tiene una gran importancia biológica por pertenecer,
junto al linoleico, a los ácidos grasos esenciales
para la vida.
El segundo escalafón terapéutico
sería el ejercicio físico realizado
con asiduidad. Favorece al organismo porque descienden
los niveles de colesterol, disminuye la tensión
arterial y se consigue una sensación subjetiva
y real de salud.
Si tras un periodo de entre seis y
nueve meses de tratamiento con dieta y ejercicio físico,
los niveles de colesterol persisten, habrá
que pasar a un tercer escalafón terapéutico:
el tratamiento farmacológico. Es importante
entender que las medicinas jamás pueden sustituir
el estilo de vida saludable y la
dieta mediterránea.

¿Cuál
es el efecto de los hidratos de carbono?
La sustitución
isocalórica de grasa saturada por hidratos
de carbono produce un descenso de colesterol LDL.
Dado que dicha fracción lipídica tiene
una acción aterógena muy potente, este
efecto se considera muy favorable para reducir la
mortalidad cardiovascular. Ello se consigue, sobre
todo, cuando se logra disminuir la ingesta de los
ácidos grasos mayoritarios, como el palmítico,
el láurico o el mirístico. Pero, además
de dicho efecto, los hidratos de carbono también
reducen los niveles plasmáticos de colesterol
HDL. Aunque ello se podría considerar un inconveniente,
su acción fundamental sobre el colesterol LDL
sobrepasa a cualquier otra posible acción.
Además, no existen evidencias clínicas
de que el descenso de dicha fracción lipídica,
con dietas ricas en hidratos de carbono, implique
un mayor riesgo cardiovascular, sobre todo si se realiza
con los de tipo complejo, de bajo índice glucémico.
¿Cuál es el efecto
de las grasas poliinsaturadas?
Estas grasas son importantes en la
alimentación humana. Sus componentes tienen
varios dobles enlaces y existen dos clases: las poliinsaturadas
de la serie n-3 y las de la serie n-6. El principal
poliinsaturado n-6 es el linoleico, con dos dobles
enlaces y 18 átomos de carbono; pertenece a
los ácidos grasos esenciales y abunda en los
aceites vegetales, como el de maíz y girasol,
en los frutos secos y en las carnes. Cuando se consumen
en sustitución de los saturados, se reduce
tanto el colesterol total como el transportado en
las LDL. Por este motivo, hace varias décadas
se pensó que su incremento en la dieta sería
una buena alternativa para reducir la ingesta de grasa
saturada. Sin embargo, actualmente dicha recomendación
está limitada por dos razones; la primera,
porque cuando las LDL se enriquecen con dicho ácido
graso se puede favorecer su oxidabilidad. Este hecho
es importante si se recuerda que el fenómeno
de la oxidación es clave en el inicio de la
aterogénesis. Pero además, su consumo
se acompaña de una reducción del colesterol
transportado en las HDL, lo que genera cierta inquietud,
por ser esta lipoproteína un importante mecanismo
protector de la arteriosclerosis. Sin embargo, al
igual que comentamos con los hidratos de carbono,
no hay estudios de intervención que indiquen
que estos efectos se acompañan de un mayor
riesgo cardiovascular.
Entre los ácidos grasos poliinsaturados de
la serie n-3, el linolénico es esencial, tiene
18 átomos de carbono y abunda en el reino vegetal;
por su parte, los que predominan en los animales marinos
tienen una cadena más larga, destacando el
ácido eicosapentaenoico (con 20 carbonos) y
el docosahexaenóico (con 22 carbonos). La presencia
de poliinsaturados n-3 es escasa en nuestra alimentación,
ya que habitualmente su aporte energético no
llega al 1% de la ingesta calórica; por ello
la posibilidad de recurrir a ellos, para sustituir
a la grasa saturada, es limitada. Eso supone que su
efecto sobre el colesterol LDL y HDL es poco relevante,
si bien tienen otros potentes efectos biológicos,
como es su capacidad para reducir los triglicéridos,
en pacientes con niveles elevados, y su acción
sobre otros mecanismos biológicos, como la
respuesta inflamatoria y la hemostasia.
¿Cuál es el efecto
de la grasa monoinsaturada?
El tercer tipo de ácidos grasos
insaturados está representado por el ácido
oleico, con 18 átomos de carbono y un doble
enlace, por lo que se considera monoinsaturado. Es
muy ubicuo y habitual en el reino vegetal y en el
animal, aunque el alimento paradigmático, que
más lo contiene, es el aceite de oliva. Sin
embargo se encuentra en otros muchos alimentos y en
otros aceites, en especial en los obtenidos de semillas
modificadas genéticamente. Algunos de ellos
contienen tanto ácido oleico como el aceite
de oliva, de lo que son ejemplos los de girasol, soja
y canola. Sin embargo, como luego veremos, estos aceites
carecen de nutrientes muy importantes, presentes en
el aceite de oliva y que, como los antioxidantes,
tanto interés biológico suscitan.
Desde el punto de vista de su acción sobre
el colesterol, su interés nutricional radica
en que, al sustituir a los saturados, disminuyen el
colesterol LDL, con una eficacia muy parecida a la
que se obtiene con los hidratos de carbono o con los
poliinsaturados. Pero, frente a estos últimos,
no reducen el colesterol HDL o lo hacen escasamente,
lo que explica el gran interés que existe,
entre los nutricionistas, por la Dieta Mediterránea,
cuya característica fundamental es la abundancia
en aceite de oliva.
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