| ¿En
qué consisten?
Son convulsiones que aparecen poco
después del comienzo de la fiebre en lactantes
y niños pequeños. La mayoría
presentan una temperatura rectal mayor de 38,9º
C.
Durante una convulsión febril
típica, el niño pierde el conocimiento
y sus brazos y piernas comienzan a agitarse. Menos
frecuentemente, el niño se pone rígido
o sufre sacudidas únicamente en una parte del
cuerpo, como una pierna o brazo, o solamente en el
lado derecho o izquierdo.

¿Cuánto duran?
La mayoría duran uno o dos
minutos, aunque algunas pueden desaparecer en pocos
segundos. Las convulsiones que duran más de
10 minutos pueden ser más graves y precisan
atención médica.
¿Desencadenan epilepsia?
No existen pruebas de que las convulsiones
febriles conduzcan a trastornos convulsivos más
complejos, como la epilepsia. Cuando aparece una epilepsia
después de una convulsión febril (lo
cuál es muy raro), las primeras convulsiones
tienden a ser diferentes de la típica convulsión
febril.
Por lo general, duran más tiempo,
recidivan (vuelven a aparecer) en un plazo de 24 horas
y solamente afectan a una parte del cuerpo .
¿Son muy frecuentes?
Aproximadamente uno de cada 25 niños
presentará como mínimo una convulsión
febril y cerca del 33% de éstos tendrán
más de una.
Las convulsiones febriles suelen aparecer
entre los 6 meses y los 5 años de vida, y son
particularmente frecuentes en niños que comienzan
a caminar.
Es raro que se presenten antes de los
6 meses de vida o después de los 3 años.
Cuanto mayor sea el niño cuando
aparece la primera convulsión, menor es el
riesgo de que sufra nuevas convulsiones.
¿Son peligrosas?
Aunque produzcan gran confusión
y temor en la familia, en la mayoría de los
casos no entrañan peligro. No causan daños
en el cerebro ni en el sistema nervioso del niño.
El riesgo de que, durante la crisis,
el niño sufra una caída o se ahogue
debido a la saliva o a un alimento es mínimo.
Debemos evitar peligros en el entorno ambiental, apartando
las cosas del alcance de su boca.
¿Cómo se tratan?
Debemos mantener la calma y vigilarlo,
tanto los padres como sus educadores, logrando que
el entorno del pequeño no sea peligroso.
Con el fin de evitar
lesiones accidentales, el niño debe colocarse
en una superficie protegida, como el suelo. Durante
la crisis, no hay que sujetar ni inmovilizar al niño.
Para evitar la asfixia, debe
colocarse al niño de lado y retirar, si es
posible, los objetos de su boca.
Durante la convulsión
no debemos colocarle ningún instrumento puesto
que podría romperse y obstruir las vías
aéreas.
Si la situación se prolonga
(más de 10 minutos) hay que avisar al Servicio
de Urgencias. Una vez que la convulsión ha
desaparecido, debe consultarse con el pediatra sobre
la necesidad o no de un tratamiento posterior.
Es conveniente , como medida
preventiva, controlar la temperatura corporal excesiva
para evitar futuras crisis.
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