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que todo el mérito sea de los sirios, pues
fueron ellos quienes construyeron los primeros baños
públicos. Tras ellos, egipcios, griegos y romanos
se deleitaron con la construcción y disfrute
de los más lujosos baños públicos,
el lugar idóneo para ampliar la vida social
y disfrutar de los placeres del amor. Pero los conceptos
cambiaron en el transcurso de la historia.
En la civilización griega, romana
y egipcia el agua –y en consecuencia los baños
públicos- era símbolo de poder, de riqueza
y ostentación. El agua poseía connotaciones
religiosas (purificación del alma) y quien
disfrutaba de ella también lo hacía
de las propiedades curativas de la misma.
Sin embargo, la Iglesia cristiana consideró
más importante la limpieza del alma que la
física, por lo que bañarse se convirtió
–ante los ojos de la iglesia- en una actitud
negativa para el alma, perjudicial para la salud e
inmoral.
En el medievo, los médicos desaconsejaban
los baños a las mujeres embarazadas, pues ello
supondría un riesgo innecesario para su salud.
Asimismo, quienes se encontraban entre la nobleza,
descartaban la posibilidad de recibir un buen baño
pues sólo les acarrearía graves problemas
de salud. Tal fue la actitud de rechazo mantenida
que, poco a poco, los baños públicos
fueron desapareciendo.
Desde la Revolución Industrial
llegó la pobreza, la falta de limpieza y, en
consecuencia, enfermedades como el cólera.
La situación condujo a la creación de
más baños públicos y al surgimiento
de una nueva mentalidad. Si en el siglo XVIII, las
damas disfrazaban sus malos olores con perfumes, en
el XIX los hábitos cambiaron. Las nuevas corrientes
convirtieron a los personajes de dinero en hombres
refinados preocupados por su salud, por lo que acudían
con cierta frecuencia a los baños para disfrutar
de las aguas medicinales.
Las casas comenzaban a construirse con baños
propios y las corporaciones municipales se centraban
en la construcción de baños públicos
para las clases sociales más bajas. La mentalidad
había cambiado.
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